jueves, 18 de junio de 2009
EL RELOJERO
El relojero no detiene el tiempo,
él es parte del tiempo que persigue,
lo encasilla en sus redes de segundos,
le pone un redondel de noria,
de engranajes y encrucijadas.
Encadena la siembra y las porfías,
señala las cosechas y el agobio,
cuenta uno por uno los abortos y partos.
Se obsesiona en atrapar la nube.
frunce el ceño en el intento.
Y sólo logra -ineluctablemente-
cronometrar la arruga rumbo al polvo.
LUCIANO ORTEGA
miércoles, 17 de junio de 2009
COSA DE NIÑOS
Qué el niño renazca mientras el cuerpo dure,
qué sus ensueños no dejen de embriagar,
qué no haya apuro
-que nada vale la pena el paso urgente-
Qué apenas sea el juego
después de tanta senda,
de tanto ceño augusto
y compromiso.
Lo eterno está en el ocio,
en la cuerda que viaja en la madera
-la nota detenida en pleno movimiento-
La obsesión no está en lo efímero,
la ineluctable arruga de la parca,
sino en el niño ausente que nadie resucita,
que no comprende el pánico
de perseguir segundos,
que acelera la vida y la desbanda.
La lluvia se detiene y la mañana avanza,
de la boca del disco renace la guitarra,
el músico no ha muerto,
se ha quedado en el canto,
en su pena perenne,
en su silbo lejano,
en este hueso mío que ha vuelto del naufragio,
Insiste la guitarra
y yo dejo que caiga aquí en mi pecho,
que la voz del flamenco me envuelva la retina,
me emborrache la sangre.
Y bailo con mi sombra
apretado en el tiempo.
Desde el cuadrante llama
el relojero terco,
pero una nota leve
me devuelve a la fuga,
y yo desaparezco
con palmas y gitanos.
LUCIANO ORTEGA
¿QUÉ SABEN?
¿Qué saben de mis quimeras
esas nubes que se arrastran,
y qué mis bolsillos rotos
sin una nota gastada?
Caramelero del sueño
que te quedaste en la infancia
¿Qué sabes de mis poemas
o de mis pasos que avanzan,
de la timidez del día,
de la muerte agazapada,
del aguacero completo
y de mis sábanas blancas?
LUCIANO ORTEGA
CON APENAS LO PUESTO
Yo habito mi sendero
-apenas un pasillo-
y se del laberinto y del redondo cerco.
Sin embargo camino por esta cuerda floja
disfrutando este apenas andar en equilibrio,
con el abismo abajo
y la raíz al silbo.
Yo se de mis enojos
-del fuelle en el rezongo-;
pero se de esta danza
que intento en las esquinas.
Por eso
esta insistencia en medio del relincho,
por eso es el repecho con apenas lo puesto,
con el desnudo hueso
y mi pecho en el día.
Yo hurgo en el espejo el rostro de mi rostro,
la fuerza de la tierra que reclama mi ombligo,
este cosmos de adentro,
esta mirada mía que viene desde el útero,
que ha mamado la herida
y ha tajeado la huella de caminar su fuego,
que ha trizado su rumbo y ha conocido el cepo,
la vida en el racimo
y la piedra en la cara como un castigo terco.
Apenas soy mi sombra
-esta que hacen mis huesos-,
este viento en el rostro,
este olfato con lengua,
esta nariz con diente
que mastica el aroma
y se funde en el riesgo.
Apenas soy un silbo,
un tumbo en la vereda,
una suela gastada caminando en la siesta.
Soy sólo este que habito,
este que se resiste y sigue vivo,
este canto sin piso,
esta urgencia en las calles,
este tango sin fuelle
y este poema abierto que sigo persiguiendo.
Apenas soy la sangre
que hoy me toca y que pueblo,
esta ciudad tan terca
con su espalda y cemento,
que no me da guarida,
que no abriga a sus hijos;
pero que está en mi tiempo
y con él yo la piso.
la siento en mis zapatos,
en el hosco semáforo con rojo en la calzada,
en cada madrugada que despierta conmigo.
Yo se que apenas tengo
la desnudez que incendio,
el fuego hasta que agote la vela de mi trino
-que un día como a todos
me albergará la muerte-
que soy desde lo anónimo
un grito en la intemperie,
una hoja en la tarde
que arrastra la tormenta.
Y en medio de este loco enredo de segundos
siento latir mis venas,
golpear mi corazón
-tajo y sendero-
y que soy ciudadano
del día que se escapa;
y que se va conmigo,
surcándome de arrugas
hasta volverme polvo.
LUCIANO ORTEGA
martes, 16 de junio de 2009
ME CANSÉ DE CANSARME
Me cansé del político y del portero,
me cansé del puntero,
de no probar puntería -la mía-,
de la hipocresía,
de las buenas costumbres
y de las instituciones,
de las asociaciones
y de las represiones,
del superello y del subconsciente.
Me cansé de Freud y los floreros,
de las floristas vírgenes,
de la vidriera y las ofertas.
Me cansé de la retreta del desierto
y del desierto paisaje del pasillo.
Me cansé del mostrador y la balanza,
de las alianzas y las trenzas.
No me cansé de tus trenzas,
ni mucho menos de tu desnudez.
No me cansé de tu abrigo y tu jardín
(perdón, nuestro jardín)
ni del violín auténtico que suena,
ni de arrugar las sábanas,
ni humedecerte toda.
No me cansé de seguir buscándonos,
ni me cansé del arado,
ni del horno,
ni de la mesa,
ni del pan,
ni el vino.
No me cansé de la vida
que obstinadamente reaparece en las rendijas,
en los trizados recovecos,
en los recodos
y hasta en los colectivos.
No me cansé de vivir,
me cansé de morir y arrodillarme,
de saludar fantasmas y fantoches,
de vivir con reproches y rezongos,
de hacerme el haraquiri,
de psicoanalizarme,
de confesarme,
de fastidiarte.
Sólo quiero quererte y que me quieras,
que nos amemos con el día,
que nos amemos por las noches,
que hagamos el amor a plena siesta,
que ya no haya promesas ni contratos,
que todo sea fiesta y desafío,
con el tino feroz de estar viviendo.
Porque la vida es de aquí
-aquí en la tierra-
me cansé de rifarla,
de no vivirla, de aniquilarla,
de no despilfarrar cada segundo,
de matarla con todos contra todos.
Me cansé de cansarme,
de ya no soportarme,
de esconderme,
de mentirme,
de negarme,
de no amarme,
de resignarme,
de estafarme.
Por eso salgo nuevamente al día,
para vivir mi día,
el de hoy a tu lado
-por ahora-
y quizás para siempre.
LUCIANO ORTEGA
lunes, 15 de junio de 2009
MONEDEROS DE SANGRE
Los corazones ruedan por monedas.
El mundo tiene un hondo monedero
que se traga la sangre con sus nervios.
Oro ciego sin flores,
compra-venta,
parcela y alambrados con sus costas.
¿Qué vale nuestra risa?
La tristeza.
¿Cuánto vale la tristeza?
¿Quién vende mis caricias por las calles?
¿Alguien compra acaso nuestro silbo?
Mercaderes de silbo, mercaderes:
¿Por qué llevan mis gritos a la feria?
Hay latidos ausentes que se caen,
que retumban abajo como un bombo.
¿Cuánto vale ese bombo que golpea,
esa cadena atroz que se retuerce?
¿Quien cotiza los muertos y los partos
para hacer de la vida un monedero?
LUCIANO ORTEGA
domingo, 14 de junio de 2009
CREO Y DESCREO
Creo en la minga y en la mística.
Descreo de las propagandas
y de los discursos oficiales.
Creo en vos y en mí
y en nuestras contradicciones
creo.
Creo en vos y tus viseras,
en mí y mis conflictos,
en mis costados y mi sombra,
en mis idas y vueltas
y en la vuelta fugaz de nuestro riesgo
-brazo con brazo y su fervor-
En vos creo,
en tu risa cotidiana,
en tus manos tocando mis quimeras,
en tu cuerpo desnudo con la luna
y la cama rodando con las noches.
Creo y descreo,
con la fe pegada en las costillas,
con la astilla del árbol que plantamos,
con la semilla al vuelo.
En vos creo
y la cocina arando
y la ropa tendiendo,
por la valija estando
y con tu trenza abierta en el taller del silbo.
Descreo de las formas
y de los noticieros.
Creo en la piel de cada uno siendo.
En la rodilla creo;
y creo en la pantorrilla
que insinúa el erótico gesto de tu vuelo.
En el baile creo,
en el hondo grito y la mañana errante.
Ya no creo
en la promesa puesta a plazo fijo.
Sólo creo en los hijos que parimos,
en lo que somos y desde lo que fuimos
creo,
en la siesta que hacemos
y en el instante que inventamos.
Creo en el tú y el yo,
que como dijo el aborigen:
"Que yo soy tú
y tú eres yo
y todos somos lo mismo".
Es decir que yo soy vos
y vos y el hijos
somos yo.
Que somos creo
y que vale la pena seguir insistiendo.
Porque somos la tierra
y no la compra-venta,
la parte de la tierra somos,
la que nos toca ser con el ombligo,
la que se ata al espejo con su rostro.
Y como también dijera el aborigen:
"Bajo la cruz del sur y su destino",
en arriba y abajo,
en el aquí y la sangre,
en la fuerza que somos
y con la PACHAMAMA.
Sí -decididamente-
creo en el vos y el mí,
en el poder que danza y el nosotros.
En el silencio creo.
Y ya no digo nada,
sólo me aprieto a todo
y me siento fluir en ese abrazo.
LUCIANO ORTEGA
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